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martes, 28 de junio de 2022

PRESUNTO INOCENTE

 

  

Al ser menor de edad no pude verle, le encontraron caído en su cuarto, en su puño un bote vacío de barbitúricos. Al viejo matasanos no le hizo falta más para concluir lo sucedido: Huérfano, introvertido, veintiún años… un accidente. Él párroco no hizo muchas preguntas y la familia lo enterró de inmediato. Mi padre prohibió que saliera de casa pero pocos días después me escapé consumida por la pérdida.
Atormetada podría haber cerrado los ojos, como aquella primera vez, agarrada a su brazo, seducida por el aroma de los cipreses, las calas maceradas, el susurro del céfiro acariciando el vello bajo mi vestido y el canto del Cuco, pero la fetidez del osario me devolvía al desolador rincón en que se había convertido nuestro patio de juegos en el camposanto. 
Aquellas noches fugaces entre velas y cartas del tarot, comunicándonos rara vez con los difuntos sobre frías losas sepulcrales. Extraviaba mi atención, tras alguna estrella fugaz, con el oculto anhelo de que se cumpliese mi petición y él se me declarase por fin. El desaliento regresaba a mi corazón camino al pueblo tras invocaciones, escalofríos de ultratumba, posesiones y risas incontroladas que brotaban de mi incredulidad. En ocasiones él turbaba su rostro para acabar diciéndome: Al final creerás. Pero mi sonrisa volvía a iluminar su rostro hasta que nos despedíamos a la vista de mi casa.
La noche de San Lorenzo quedamos temprano. Me musitó: Será una sorpresa inolvidable para el resto de tu vida. Mi corazón danzó, pero la lógica se impuso acallando mis fantasías y ahogó las ascuas de mi pecho evitando otra decepción. Fuimos hasta el cementerio y allí me vendó los ojos y me agarró de la mano. 
¿Dónde me llevas? —El silencio y un tirón en mi mano fue su única respuesta.
La noche estrellada posaba el relente perlado, pero el roce de su cuerpo mitigaba el frescor. Saliendo del camino me guió por un sendero estrecho e irregular entre matorrales y zarzas hasta llegar a un empedrado de grava. 
Sentí la presencia ante mí de una mole fría, silenciosa, que oprimía mi ánimo de forma tan insoportable que apreté su mano hasta que gritó lastimado. Me quité la venda e involuntariamente retrocedí intimidada. La que todo el mundo en el pueblo apodaba la “Casona del Indiano” acechaba repelente. A sus pies un gato negro escapó por el albañal de la puerta y en ese momento el sortilegio desapareció dejando un escalofrío persistente en mi espalda.
Con las ventanas cegadas, la oscuridad del interior no tenía sombras y en esa negrura él se desenvolvía como un murciélago tras su presa. Intuía su cuerpo oyendo sus pasos hasta que tropecé con el pasamanos de la escalera. Perdí la cuenta de los escalones mientras crispada ascendía apoyada en la polvorienta barandilla sin sentirle.
En el descansillo busqué de nuevo la seguridad de la barandilla, pero vencida y arrancada de su sitio mis brazos se tensaron en acrobacia buscando alejarme en equilibrio del abismo que imaginaba a mis pies. Arrastré los pies hasta apoyarme en la pared con la respiración agitada.
¿A qué juegas? —dijo desde no muy lejos—. Llevo un rato esperando. 
Te estaba poniendo a prueba —dije disimulando mi inseguridad antes de seguir sus pasos al gabinete próximo.
Al entrar tropecé con él y sus risas sonaron maliciosas en  aquel cuarto espacioso. Encendió por fin la vela sobre un pentáculo de tiza e iluminó la pared más alejada.
¿Ves? —dijo examinando multitud de símbolos, palabras, dibujos y manchas de humedad que tatuaban la desconchada pared con el mismo detenimiento que la tumba de un faraón—. Son mensajes del más allá, comunicaciones de aquellos que murieron sin poder transmitir sus últimas palabras. 
Su gesto, su postura encorvada y la luz de la vela proyectaban una sombra parecida a un córvido comiendo carroña al pie de un armario ropero alto, estrecho y desfondado. Reprimí la risa pero la mueca que puso desbarató mi intento y mis carcajadas llenaron la oscuridad.
Pareces un cuervo —dije y le quité la vela de la mano mientras le daba un beso en la mejilla. Sonreí ingenua, mis ojos vidriosos le devolvieron a este mundo cuando yo escapaba por la puerta pidiéndole que me atrapara.
Qué lejano parece ya el verano. Volveríamos allí muchas noches inolvidables, podría recordar cada símbolo, palabra y mancha que cubría aquellas paredes cual sepulcro egipcio. 
No sé cómo he vuelto a llegar aquí sola, de nuevo ante la huraña casona de ventanas tapiadas, sin ojos suficientes para mirar a diestro y siniestro, temblando con cada paso sin saber porqué, obligándome a no huir con cada crujido de la escalera, por cumplir la promesa que le hice en vida a mi amor, por conocer sus primeras palabras después de llegar al Tártaro, espeluznante desvarío premonitorio.
El cuarto parecía haber encogido con todas las inscripciones. Fui recorriendo minuciosamente cada pared hasta llegar al armario ropero, alargado, como un ataúd. Lo miré perpleja, no lo recordaba así. De pronto suspiré aliviada, recordando que siempre había permanecido abierto por no tener fondo. Mi respiración se aceleró al tirar del pomo, la vela dibujó una sombra huidiza en la pared y me acerqué un poco, olía mohoso. La pintura estaba arañada como si un loco hubiera intentado escapar atravesando la pared. Tragué saliva, retrocedí, mis labios temblaban incontrolados. Aparecían marcadas con las uñas estas palabras casi ilegibles: Estoy vivo, prima.
 
 
 
Esta es la historia que aporto a esta edición del concurso de El Tintero de Oro y que en esta ocasión está dedicado al Terror Gótico y a la obra del maestro del relato corto Edgar Allan Poe. Como solicitan las bases del concurso se pide que en narración debe aparecer un personaje, objeto o lugar de alguno de los cuentos de este autor. Yo he elegido el Cuervo y el Gato Negro. Aunque aparecerán otros lugares comunes de la obra de este gigante de la literatura.

Espero que disfruten con la lectura del relato.

 

 

sábado, 10 de abril de 2021

Ni olvidan ni perdonan.

 

No entiendo por qué, a pesar de los desinfectantes, persiste el olor a vómito y fármaco, lo puedo notar pegajoso en mi piel, en las sábanas. Sin embargo, gracias a mi respirador artificial, me mantengo en un grito eterno saboreando el aire del tubo de plástico que se introduce por mi boca. Eso sí, de vez en cuando, alguna alarma adereza mi vigilia, sea por el fallo de una bomba de infusión o la obstrucción de algún catéter. Entonces, unas figuras borrosas revolotean a mi alrededor, laboriosas hasta que regresa la niebla de ruidos del monitor con mis constantes vitales. Sonidos extraños que me inquietan y roban el sueño hasta que caigo en las sombras.

Desconozco cuántas horas me he perdido por el efecto de los analgésicos, pero ahora que regresa el dolor vuelvo a mi consciencia enfermiza. Seca la boca, las llagas distraen mi mente, nada ha cambiado a mi alrededor: Ahí sigue el carrito con medicamentos e instrumental esterilizado, más allá el cesto de residuos que supura vahos, a mi izquierda el desfibrilador, todo igual como cada día y cada noche desde hace… no sé, he perdido la cuenta, días, semanas, meses… ya, qué más da.

Un pitido agudo y continuo brota repentino y se esconde exasperante en mis oídos sin ánimo de salir. A pesar de que busco con la mirada su origen, sin mucho éxito, los ojos se me acaban humedeciendo, ella ha llegado, aunque no la pueda ver aún.

A veces tengo dudas, ¿será el efecto de los sedantes? Pero cuando la veo aparecer, con su aire impasible, a los pies de mi lecho terminal, entonces todo el vello se me eriza como a un gato acorralado en peligro. Y su voz aterciopelada, que sigue igual después de más de seis décadas muerta, acrecienta la tensión de mis miembros inermes.

—Creo que hoy, por fin, voy a cobrarme lo que es mío, cariño —dice recitando sus palabras con una entonación mortecina. Sonríe y comienza a moverse, jugando con sus dedos que atraviesan sábanas y mantas, hasta el otro lado de la cama.

Sus palabras agitan los recuerdos que enturbian mi mente. Siento una punzada de dolor en la garganta al no parar de tragar saliva infructuosamente. «No fue culpa mía... yo solo tenía siete años», intento excusarme con obstinación, pero solo surgen unos sonidos guturales apagados. Perlas de sudor brotan en mi rostro que ruedan lentas y graves.

—¿De verdad? —susurra ella mientras pone un mohín apenado. Un frío inhumano sube por mis piernas y entumece mi brazo. Junto a mí se agacha hasta casi rozar con sus labios mi sien—. ¿Y aquella sonrisa? —gime y chasquea la lengua—. Sí, aquella sonrisa tan dulce que tenías mientras te acercabas a la bañera con mi secador de pelo.

Muerdo y al instante cedo por el miedo a tragarme el conducto del aire. Comienzo a verla borrosa, alguna lágrima corre presurosa hasta provocarme picor en los lóbulos de las orejas. «¡Te juro que yo no quería!¡Te lo juro por Dios, mamá!». Los ruidos guturales suenan atormentados. Un susurro brota en mi mente, procedente de confines lejanos y familiares: «Resiste… no te rindas».

—¿Te equivocaste? Ah... ¿Fue un error?... Entonces... —Parece paladear cada palabra mientras se incorpora— cuando encontré la cajetilla de fósforos en el cajón de tu mesita... Sí, sí, precisamente el día después de que ardiera el garaje donde estaba trabajando tu padre. Aquello, también fue sin querer, ¿verdad? —Su voz denota cierto alivio y desdén, un bálsamo que humaniza su sonrisa de victoria. Suspira y pone una mano sobre el monitor de constantes vitales y comienza a silbar una triste melodía. Solo su tonada surca el aire entre ella y yo.

Las notas engendran descoloridas figuras inconexas que fraguan imágenes moldeando la oscuridad en mis recuerdos. Risas, muchas risas, Toby lamiéndome la mejilla, un azul cegador entre las blancas nubes, el sol escondiéndose de las flores. La música de papá. Yo jugando con los rulos de mamá, sonriendo en el espejo del pasillo con el secador en la mano. Abriendo los ojos con éxtasis al escuchar a mamá cómo me pedía ayuda para secarle el pelo. La tortuga verde azulada que alfombraba el baño y que me hizo tropezar otra vez. Todo se apagó y mamá se quedó mirando al techo cada vez más fría en la bañera. El secador bajo el agua. Poco a poco la oscuridad en la casa se descompone en figuras que se funden proyectando sombras hasta que todo queda negro.

Abro los ojos queriendo abrazarla. Mi espalda se tensa por un instante para dar paso a una laxitud que invade todo mi cuerpo. El dolor cede hasta que se difumina. Tibios orines y heces fluyen bajo el pañal. Unas figuras verdosas comienzan a deambular alocadas a mi alrededor al son de la cancioncilla que mi madre continúa tarareando. Oscuro flota sobre mí un cuchicheo, impenetrable, misterioso...«Fibrilación ventricular confirmada... Cargando paletas... Atención, choque, todo el mundo fuera». Pero ella se ríe, una risa desenfrenada, estéril, dolorosa. Una risa que mutila cualquier otro recuerdo. «No te rindas, aguanta», escucho en mi mente como un cuerpo extraño y ajeno a mí. Una explosión de blanco vacío arrasa mi mente. La nada.

El pitido escondido en mis oídos se vuelve cadencioso y reanuda el sendero vital que el tiempo siempre dilata a su antojo, antes de que llegue al final.