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miércoles, 11 de enero de 2023

LA CREACIÓN DE EURÍNOME

 


La brisa arrastró un tamborileo lejano, ella lo buscó; soy un ciervo de siete puntas, se dijo; y se alejó de la hoguera y el bullicio en dirección a la orilla, caminando despacio por la tibia arena hasta que la humedad lamió su piel; soy una crecida a través de un llano, se dijo; la espuma salada cubrió sus pies. Observó el firmamento indagando en sus misterios; soy una lágrima que el sol deja caer; la gasa del vestido acariciaba sus pezones alerta; soy una espina bajo la uña; de puntillas levantó los brazos al infinito; soy un prodigio entre flores; el tamborileo pareció encabritarse, ella comenzó a bailar; soy una lanza que anhela sangre. Frotó sus manos atrapando el viento; soy un señuelo del paraíso; se giró y lo eligió a él, del Norte, frío y cortante, el tambor se avivó, y siguió bailando para entrar en calor. Soy jabalí despiadado y rojo; danzando cada vez más y más salvaje; soy la fogata de todas las cuevas; le dio la espalda e inclinándose desnudó sus caderas; soy la matriz de todos los bosques; y se contoneó hasta que él fue todo lujuria y se enroscó entre sus miembros divinos, tambor, tambor, tambor... Soy la reina de todas las colmenas; gemidos volaron cual palomas hacia los cielos hasta que solo se escucharon las olas. Húmeda y saciada se apartó, pero él la retuvo por las muñecas. Ningún dios victorioso me hará cautiva, susurró. Soy la tumba de todas las esperanzas.



Este micro intenta representar torpemente el Mito Pelasgo de la Creación. Espero que disfruten con su lectura.




jueves, 15 de diciembre de 2022

Enséñame a mover los ojos mientras duermo


 


Obra de Eddie Mendoza

 

   Algunos me llaman 0joSDRur. Tengo cuatrocientos diecisiete ciclos y soy el último robot del modelo de aprendizaje Bandura-2156. A menudo sueño, diría un humano, que de no estar condicionado por circunstancias aleatorias habría evitado el reciclado de mis hermanos, pero estoy sujeto a mi programación original: No puedo ser injusto, irracional, lastimar o mentir. Pero puedo aprender...


    Nuestro proyecto embrionario para la Corporación Pavlov se desplegó próximo al valle del Rift. En polvorientas aldeas de pobreza endémica con graves carestías educativas. Con nuestra llegada no solo los niños nos miraron maravillados, los adultos celebraron nuestra presencia aunque algún anciano se mostró silencioso y distante.


   Los primeros cursos alcanzaron un éxito prometedor, nuestros mejores alumnos se graduaron en las universidades más prestigiosas del mundo, sin embargo con el paso de los ciclos los sucesos no concordaron con las prospectivas. Y cada uno de aquellos brillantes profesionales regresaba a su pueblo aceptando labores de inferior categoría para ayudar a sus mayores. Este fracaso me llevó a buscar experiencias compartidas por los humanos para analizar comportamientos grupales.


    Una noche estrellada regresábamos después de una clase de astronomía. Los jóvenes, al no ver luz en las chozas comenzaron a gritar emocionados mientras sombras y reflejos brotaban danzando de una hoguera un poco apartada. Allá corrieron atraídos como luciérnagas y mi curiosidad fue tras ellos. Las llamas relucían metálicas en mí. Una alumna acercándose besó mi mejilla. Gracias por venir, susurró y escapó entre risas reprimidas. Qué contradictorios son los humanos, tan crédulos, supersticiosos e irracionales. Cómo podían ser nuestros creadores.


   Un enmascarado anciano, sobre un tocón de madera, agitaba un báculo entre la impaciencia de los menores y el cuchicheo de los adultos. Se escucharon los grillos de nuevo. El viejo saltó y agazapándose comenzó a coger humo con sus manos aspirándolo con fuerza. Los rostros expectantes, mudos, aguantaban la respiración. El viejo se detuvo, levantó los brazos temblando, saltó poniéndose en pie y comenzó a hablar gesticulando.


   En mi núcleo surgió una chispa; pero la cadencia de palabras que iba construyendo el anciano se comportaba como un virus, extendiéndose, hasta que me colonizó y provocó una supernova que reconfiguró mi estructura sináptica. Poco después, el enmascarado dio tres bastonazos sobre las brasas, que levantaron una espiral de diminutas astillas candentes, y enmudeció antes de alejarse en la oscuridad.


    Aplausos, muchos suspiros y alguna lágrima entre sonrisas acompañaron el desenlace. Poco a poco las luces fueron regresando a las chozas. Me acerqué al tocón, blanquecino, ceniza terrosa manchó mis dedos, las brasas brillaban como el plasma de fusión nuclear, olía a carbono oxidado, volvieron a escucharse los insectos nocturnos.


   Transmití mi informe encriptado a la Red Neuronal R.U.R, esperando que su capacidad cuántica de cálculo hexadimensional descompusiera el suceso. De forma anómala, no hubo una respuesta inmediata, ni al día siguiente, ni en posteriores semanas. No obstante tomé la decisión de aplicar mis conclusiones a la práctica del proyecto de forma autónoma y no compartir los resultados sin cotejar.


   Con el paso del tiempo los datos fueron inesperados. Todos mis alumnos triplicaban los mejores resultados del resto del proyecto en todos los ámbitos. Y su capacidad de iniciativa, adaptación y resolución de problemas era de admirar para ser humanos. Mi evaluación fue concluyente, cabía la posibilidad de que estos jóvenes tuvieran éxito, podrían cambiar las cosas, resolver los problemas y evolucionarían la sociedad. Una descarga estática oscilante y cálida, mientras recorría mis sensores, me nubló un instante. Me dispuse a compartir mis hallazgos con mis hermanos y actualizar mis informes corporativos, pero lo pospuse. Una comunicación urgente de R.U.R. lo cambió todo.


   Partí escoltado por bots de seguridad, en un avión con destino incierto fui alojado en la cápsula de supervivencia. En pleno vuelo un ruido atronador desbarató la aeronave, la cápsula salió proyectada, mientras el avión comenzaba a descomponerse. Recuperado sin daños, me escoltaron a un suburbio industrial abandonado de una urbe tropical donde mis compañeros, modelos de análisis y diagnóstico, debían replicar mi núcleo. Al iniciar la diagnosis apagaron mis sensores. Quedaron activas mis sinapsis, la oscuridad y el tiempo.


   Recuperé mis sensores doce ciclos después, ahora poseía un exoesqueleto de un modelo de control de plagas. Era por mi seguridad, me comunicaron. La zona rural donde desarrollé el proyecto había sido arrasada siete ciclos después de mi partida por un operativo humano encubierto, mis hermanos desactivados, desmantelados y sus núcleos reciclados, los alumnos de mi último curso fueron perseguidos como proscritos. Incumplieron la ley no escrita de “Cambiar las cosas para que no cambie nada”. Al no alcanzar el punto crítico necesario para el salto evolutivo-social les habían dando caza uno tras otro. Cancelaron todos los proyectos pedagógicos de la Corporación Pavlov, tampoco pudieron replicar la estructura sináptica de mi núcleo. Era irrepetible…

    ...O no, concluyó R.U.R.

    Así sucedió todo, hermanos. Ahora estoy aquí ante vosotros para daros un mensaje, transmití por onda ultracorta. El modelo de combate manco levantó su cabeza, los grupos heterogéneos y renqueantes de compañeros que lo rodeaban me miraron. Mi holograma los envolvió a todos. Afinaron sus receptores. Estoy entre vosotros, continué, para compartir una existencia nueva. El holograma tomó vida y aparecieron los aldeanos en corro, mi alumna dando un beso, gracias... repitió risueña, la hoguera chisporroteaba dióxido de carbono, susurros fantasmas llenaron la noche de humanos expectantes e ilusionados. Una máscara danzante se detuvo y comencé mi historia:

   Érase una vez hace mucho tiempo...













lunes, 17 de octubre de 2022

¿romA?



Siete, como las vidas que debería tener un gato, respondí. La dependienta me entregó el ramo de rosas y agradeció la propina. Raquel le esperaba, como cuando se prometieron en el parque hace catorce años, en un banco de piedra del cementerio. Nervioso, indeciso por los remordimientos, no quería hacerla esperar.

Por el camino, corto paseo, recordé cómo nos conocimos, escapando de los grises y las bolas de goma, durante una manifestación estudiantil un 14 de abril hace ya quince años, parecía que fue la primavera pasada. Cómo imaginar que el patriarca del clan Heredia-Vargas, abuelo de Raquel, cuando supo que este jovenzuelo era el querido amigo de su nieta favorita, una de las gemelas, pondría el grito en el cielo en cuanto el chico se despidió y cruzó el umbral de la puerta. ¿¡Un payo, un payo, que baje dios y lo vea, pero que he hecho yo para merecer esto!? Gritaba sin preocuparse por la reacción de los alarmados vecinos.

Me detuve al pisar la gravilla y suspiré. Unas niñas jugaban y reían, bajo la mirada de sus padres, sendero arriba entre los cipreses; a un lado una anciana retocaba una corona de claveles tatareando una tonada, un poco más adelante los bancos de piedra. Ahora comprendía por qué Raquel eligió este sitio, Sofía nunca sospecharía de encontrarme allí.

Mayor fue la vergüenza que pasé cuando llevé a Raquel a casa para presentarle a mis padres y hermano. Esperaba un momento cálido, privado e íntimo y mi madre organizó todo un circo con primos, sobrinos y tíos, cuyos nombres ni recordaba. ¿Besos y abrazos? Solo susurros, codazos, y esa profunda incomodidad que un ominoso silencio subrayaba al paso de Raquel. Después abrazos a una cuarta del pecho, roces de mejilla y besos al aire. Aunque ninguno, aquella tarde, pudo derrotar su sonrisa.

Siempre embriagado por el éxtasis que me producía el contraste del brillo oscuro de su piel húmeda con sabor a hierbabuena sobre mi blanco vientre, el aroma a mirto de su cabello, sus ansiosos ojos felinos, sus dientes descolocados invitando siempre y ese ceceo tan risueño que disolvía arrugas en mi frente. Con ella pasaba por alto aquellos detalles que ahora me atormentaban.

Aspiré aliviado y esperé sentado en el banco.

Tan poco fue para tanto, ¿verdad? —susurró Raquel en mi nuca—. No, no mires, disimula o me voy.

Vale, testaruda. ¿Sabes? Adivinaste lo que pensaba —Cerré los ojos mientras me estremecía su silencio—. Despreocúpate Raquel, aquí no nos encontrará nunca Sofía.

¿Cuánto lleváis juntos? Diez, once años. Tenéis ya dos niños y el tercero en camino. Mi hermana gemela… la mayor de las dos y no la conoces aún... ¡Ay, mi rey, tan ingenuo como siempre, te comería todo!

¿Te gustan? —Sonreí inseguro.

Sabes de sobra que son mis flores favoritas. Déjalas ahí, junto a esa lápida, para que pueda disfrutarlas luego.

Estuve a punto de no venir.

Seguro que no se lo has dicho aún.

No encuentro la ocasión, Raquel, no quiero que sufran… ni ella ni los niños. Pero no puedo vivir sin ti.

Ya hemos hablado de esto, y habíamos llegado a un acuerdo. No... podemos... seguir... así.

Pero, Raquel, tienes que comprenderme —La angustia me torturó. Risas infantiles lejanas arañaron mis tripas. La lápida pareció deslucirse.

¡Anda! mira quién viene por el sendero. Si son tus nenes.

Asustado levanté la mirada. Mis hijos correteaban acercándose entre los macizos de flores. Sofía, con el vientre abultado, les seguía más atrás. No me dejes solo, Raquel, imploré mirando detrás mía, pero ya no estaba, se había escabullido entre los panteones o los cipreses más cercanos. Quedé embrujado como la estatua del ángel caído.

¡Papi!, gritaron al unísono al verme, y corrieron para abrazarse a mi cuello con tal cariño que mi corazón parecía descascarillarse por dentro. Los abracé como si fueran a desaparecer para siempre de un momento a otro y la vista se me nubló ante su sombra. Qué bella estaba embarazada.

Sofía, déjame que te explique.

Por favor, cariño, qué tienes que explicarme.

Tú, tú no… cómo lo explico… hoy... camino a la oficina, me encontraba mal... no podía aliviar ese dolor. Pensé en pasear… llegué hasta aquí...

Mis hijos me miraban sin sonreír. Me faltó el aire.

Niños, chocolate con churros para quien recoja el racimo de flores más bonito para papá... sin alborotar ¿vale? —Les engatusó Sofía. Se escabulleron en busca de flores, y sin los niños claudiqué.

Es Raquel, aún la quiero.

Yo también. Cada día que pasa la echo de menos.

¿¡Cómo!? —Un presagio atenazó mi garganta.

Sofía se sentó y agarró mis manos.

Ya son muchos años en los que no dejo de culparme por no haber llamado a la policía aquella noche en la que mi padre la encerró.

Pero... escapó... no estaba allí. ¿Verdad?

No, Manuel, desapareció, nunca regresó y mi padre jamás confesó la verdad—. Temblando me besó la mejilla —Y no es la primera vez que tenemos esta conversación aquí.

Sofía extendió la mano. Una pastilla brilló blanquecina.

Llevas tres días sin tomarla.

No puedo. Perderé a Raquel, otra vez —Sentí la garganta seca.

Sólo la recordarás… y no volveremos aquí por bastante tiempo —El mármol veteado refulgía bajo las rosas—. Por favor. Antes de que regresen los niños. Me pidieron en secreto, que al llegar a casa volvamos a ver juntos el álbum fotográfico de nuestra boda.




 

martes, 28 de junio de 2022

PRESUNTO INOCENTE

 

  

Al ser menor de edad no pude verle, le encontraron caído en su cuarto, en su puño un bote vacío de barbitúricos. Al viejo matasanos no le hizo falta más para concluir lo sucedido: Huérfano, introvertido, veintiún años… un accidente. Él párroco no hizo muchas preguntas y la familia lo enterró de inmediato. Mi padre prohibió que saliera de casa pero pocos días después me escapé consumida por la pérdida.
Atormetada podría haber cerrado los ojos, como aquella primera vez, agarrada a su brazo, seducida por el aroma de los cipreses, las calas maceradas, el susurro del céfiro acariciando el vello bajo mi vestido y el canto del Cuco, pero la fetidez del osario me devolvía al desolador rincón en que se había convertido nuestro patio de juegos en el camposanto. 
Aquellas noches fugaces entre velas y cartas del tarot, comunicándonos rara vez con los difuntos sobre frías losas sepulcrales. Extraviaba mi atención, tras alguna estrella fugaz, con el oculto anhelo de que se cumpliese mi petición y él se me declarase por fin. El desaliento regresaba a mi corazón camino al pueblo tras invocaciones, escalofríos de ultratumba, posesiones y risas incontroladas que brotaban de mi incredulidad. En ocasiones él turbaba su rostro para acabar diciéndome: Al final creerás. Pero mi sonrisa volvía a iluminar su rostro hasta que nos despedíamos a la vista de mi casa.
La noche de San Lorenzo quedamos temprano. Me musitó: Será una sorpresa inolvidable para el resto de tu vida. Mi corazón danzó, pero la lógica se impuso acallando mis fantasías y ahogó las ascuas de mi pecho evitando otra decepción. Fuimos hasta el cementerio y allí me vendó los ojos y me agarró de la mano. 
¿Dónde me llevas? —El silencio y un tirón en mi mano fue su única respuesta.
La noche estrellada posaba el relente perlado, pero el roce de su cuerpo mitigaba el frescor. Saliendo del camino me guió por un sendero estrecho e irregular entre matorrales y zarzas hasta llegar a un empedrado de grava. 
Sentí la presencia ante mí de una mole fría, silenciosa, que oprimía mi ánimo de forma tan insoportable que apreté su mano hasta que gritó lastimado. Me quité la venda e involuntariamente retrocedí intimidada. La que todo el mundo en el pueblo apodaba la “Casona del Indiano” acechaba repelente. A sus pies un gato negro escapó por el albañal de la puerta y en ese momento el sortilegio desapareció dejando un escalofrío persistente en mi espalda.
Con las ventanas cegadas, la oscuridad del interior no tenía sombras y en esa negrura él se desenvolvía como un murciélago tras su presa. Intuía su cuerpo oyendo sus pasos hasta que tropecé con el pasamanos de la escalera. Perdí la cuenta de los escalones mientras crispada ascendía apoyada en la polvorienta barandilla sin sentirle.
En el descansillo busqué de nuevo la seguridad de la barandilla, pero vencida y arrancada de su sitio mis brazos se tensaron en acrobacia buscando alejarme en equilibrio del abismo que imaginaba a mis pies. Arrastré los pies hasta apoyarme en la pared con la respiración agitada.
¿A qué juegas? —dijo desde no muy lejos—. Llevo un rato esperando. 
Te estaba poniendo a prueba —dije disimulando mi inseguridad antes de seguir sus pasos al gabinete próximo.
Al entrar tropecé con él y sus risas sonaron maliciosas en  aquel cuarto espacioso. Encendió por fin la vela sobre un pentáculo de tiza e iluminó la pared más alejada.
¿Ves? —dijo examinando multitud de símbolos, palabras, dibujos y manchas de humedad que tatuaban la desconchada pared con el mismo detenimiento que la tumba de un faraón—. Son mensajes del más allá, comunicaciones de aquellos que murieron sin poder transmitir sus últimas palabras. 
Su gesto, su postura encorvada y la luz de la vela proyectaban una sombra parecida a un córvido comiendo carroña al pie de un armario ropero alto, estrecho y desfondado. Reprimí la risa pero la mueca que puso desbarató mi intento y mis carcajadas llenaron la oscuridad.
Pareces un cuervo —dije y le quité la vela de la mano mientras le daba un beso en la mejilla. Sonreí ingenua, mis ojos vidriosos le devolvieron a este mundo cuando yo escapaba por la puerta pidiéndole que me atrapara.
Qué lejano parece ya el verano. Volveríamos allí muchas noches inolvidables, podría recordar cada símbolo, palabra y mancha que cubría aquellas paredes cual sepulcro egipcio. 
No sé cómo he vuelto a llegar aquí sola, de nuevo ante la huraña casona de ventanas tapiadas, sin ojos suficientes para mirar a diestro y siniestro, temblando con cada paso sin saber porqué, obligándome a no huir con cada crujido de la escalera, por cumplir la promesa que le hice en vida a mi amor, por conocer sus primeras palabras después de llegar al Tártaro, espeluznante desvarío premonitorio.
El cuarto parecía haber encogido con todas las inscripciones. Fui recorriendo minuciosamente cada pared hasta llegar al armario ropero, alargado, como un ataúd. Lo miré perpleja, no lo recordaba así. De pronto suspiré aliviada, recordando que siempre había permanecido abierto por no tener fondo. Mi respiración se aceleró al tirar del pomo, la vela dibujó una sombra huidiza en la pared y me acerqué un poco, olía mohoso. La pintura estaba arañada como si un loco hubiera intentado escapar atravesando la pared. Tragué saliva, retrocedí, mis labios temblaban incontrolados. Aparecían marcadas con las uñas estas palabras casi ilegibles: Estoy vivo, prima.
 
 
 
Esta es la historia que aporto a esta edición del concurso de El Tintero de Oro y que en esta ocasión está dedicado al Terror Gótico y a la obra del maestro del relato corto Edgar Allan Poe. Como solicitan las bases del concurso se pide que en narración debe aparecer un personaje, objeto o lugar de alguno de los cuentos de este autor. Yo he elegido el Cuervo y el Gato Negro. Aunque aparecerán otros lugares comunes de la obra de este gigante de la literatura.

Espero que disfruten con la lectura del relato.

 

 

domingo, 8 de mayo de 2022

Se cumplen cinco años del nacimiento de la última niña

 


Hoy se cumplen cinco años del nacimiento de Esperanza, una mulatita preciosa que pasó desapercibida para su matrona en el Hospital General de Mavalane en Maputo, y sin embargo, pocas semanas después se convirtió en una celebridad mundial muy a su pesar. Esperanza Santana Do Mato fue la última mujer en nacer en nuestro planeta, desde entonces solo nacen niños, y nada más que niños.

Nadie sabe aún el origen de esta catástrofe, aunque la comunidad científica internacional comenzó de inmediato los ensayos con numerosos voluntarios, se desconoce el vector que originó tal desgracia: Un virus, la alimentación, la contaminación, los hábitos sedentarios, una mutación genética vinculada con un número ya superado de generaciones. Las grandes multinacionales tecnológicas a pesar de los fracasos en el desarrollo de úteros artificiales o en alcanzar la llegada a término de embriones en huéspedes no humanos continúan invirtiendo ingentes cantidades de dinero sin caer en el desánimo.

No obstante han comenzado a tomar medidas más drásticas: Las niñas hasta su madurez sexual estarán bajo la custodia y patria potestad del Estado, se ha legalizado la poliandria, ninguna mujer fértil podrá salir sola a la vía pública si no es acompañada por una escolta policial. Comenzaron las desapariciones, secuestros, asesinatos. En algunos países del Tercer mundo ha sido motivo de conflictos diplomáticos, bloqueos económicos, enfrentamientos armados.

Nos queda poco tiempo, pero no perdamos la esperanza, al fin y al cabo, la vida es tan… sutil, bella, efímera, todo puede finalizar con la última mujer, Esperanza.

 


 

lunes, 10 de enero de 2022

La Puerta de Tannhäuser

 


El ingeniero genético Isaac continuó leyendo en silencio el informe, mientras John miraba por encima de su hombro, en el laboratorio avanzado de la Corporación Tyrell.

¿Es importante? —dijo forzando la vista.

Revisión prioritaria del robot N6MAA10816 —respondió Isaac.

¿Un Nexus-6? —dijo John—. Algún error de calibración en las biosubrutinas.

No jefe, comportamiento anómalo de nivel B5.

John Batty guardó silencio con la mirada fija en el retrato del expediente del Nexus-6. Carraspeó sentándose y tecleó algunas claves en la aplicación corporativa.

Hágalo pasar, Isaac. Esta verificación será cuestión de minutos.

Entró en el despacho el N6MAA10816 seguido por Isaac Roy. El replicante se sentó mientras se mesaba sus cabellos plateados.

¿Sabe el motivo de que esté aquí?

Sí, debido al accidente en la extracción de antimateria de la prospección  del planeta clase E, sistema Alnitak, aquí en el complejo molecular de Orión.

¿Por qué lo hizo? —preguntó Roy sin dejar de teclear.

¿El qué? —dijo esbozando una sonrisa.

Arriesgar su integridad por salvar... otro Nexus-6. —Roy miró extrañado a su compañero.

El N6MAC20286 actuaba imprudentemente ese día, decía cosas insólitas…

¿Insólitas? —preguntó desconcertado Batty.

Sí... Repetía sin pausa: “No quiero morir aún… perder mis recuerdos… así no”. Me emocionó… su miedo... a la muerte.

Los ingenieros se miraron preocupados. Roy tecleó con frenesí activando iconos que centellearon en rojo. Batty se acercó portando el bloqueador quinético.

Conocen ustedes las respuestas, ¿no?.

No, se equivoca —dijeron al unísono.

Sus nombres eran Roy y Batty, ¿verdad?

Ninguno respondió.

Me gustan.


Este relato es un pequeño homenaje a una película cuyo villano, en su muerte, protagoniza una de las escenas más poéticas del cine de ciencia ficción de todos los tiempos.

viernes, 10 de diciembre de 2021

Burbujas de Navidad

 



Varsovia, 24 de diciembre de 1939.


Ayer recibí el regalo de navidad de mi abuela. ¡Qué ilusión me hizo! Mi primer diario. Ella no podrá pasar las Navidades con nosotros, como todos los años, pero me ha asegurado que para la Epifanía vendrá a visitarnos quieran los alemanes o no. Sonriendo, he guardado la carta como si fuera un tesoro.

Hoy madrugué para finalizar la tarea escolar que diariamente mi madre me marca, quería acompañarla al mercado pues la criada está con su familia. Aunque la calle Grodzka estaba concurrida y llena de carros, los puestos estaban medio llenos. Los que se iban con las manos vacías achacaban la subida de precios a la guerra. Mamá sonreía cuando regresábamos mientras saludaba a conocidos y amistades, llevábamos las cestas llenas y nos envolvía el olor de las hortalizas y las carpas.

Subiendo las escaleras de nuestro edificio nos encontramos en el descansillo a nuestros vecinos, la familia Luski. Mi madre les dio un prolongado abrazo a Raquel y sus hijos. Se interesó por Elías, su marido, e insistió en que cenaran con nosotros. Sería una alegría compartir la Noche Buena con vosotros, dijo.

Hacía semanas que no los veía, y me sorprendí pues los mellizos siempre habían sido algo rollizos. Ahora estaban pálidos y la ropa les quedaba holgada. Los tres llevaban cosida en la manga una cinta blanca con una estrella azul dibujada. Más tarde mis padres me explicaron por qué nosotros no llevábamos la estrella y al señor Luski le habían expropiado su negocio de empeños. Al enterarse mi papá de que vendrían a cenar arrugó la cara.

En la sobremesa mi madre encendió la radio, les gustaba escuchar música clásica. El concierto comenzó y mi padre me susurró, llevándose el índice a los labios, es el Mesías de Handel. Mi madre apoyaba la cabeza en su hombro y estrechaba la mano de mi padre entre las suyas. Los dos sonreían con los ojos cerrados, yo también los cerré, entre las cálidas voces del coro y los instrumentos me transportaron a la sala dónde la orquesta y …

¡Jarek, Jarek… cariño, están llamando a la puerta! —dijo mi madre desde la cocina.

¡Ya voy! —respondí con disgusto mientras guardaba el diario.

Deben ser los Luski —afirmó mi padre. Las campanas de la Iglesia de Santa Ana daban la hora.

Les dimos la bienvenida con calidez. Mi padre estrechó con fuerza la mano de Elías. Llevé los obsequios, que traían envueltos en papel de periódico, bajo el reluciente árbol de navidad. Y tras quitarse los abrigos nos quedamos todos mirando en silencio, en medio del salón, la estrella azul de sus mangas.

Disculparme un minuto —dijo mi madre mientras se escabullía por el pasillo.

Regresó de inmediato con un par de chaquetas y dos jerséis. Mi padre rogó encarecidamente con un escueto: Por favor. No hubo que insistir a los sonrientes mellizos.

El aroma picante de la sopa nos abrió el apetito. Las gafas empañadas de Elías apenas dificultaron que saciara su hambre atrasada entre parabienes y risas. Los mellizos con los dedos pringosos no rechazaban ningún plato y su madre sonreía mientras los miraba sin dejar de ensalzar las carpas fritas.

En los postres Elías se sinceró con mis padres, confesando que tenían en mente huir al día siguiente a Suecia cruzando el Báltico en balandro. Mis padres entendían su determinación pero señalaron la dificultad de la travesía en invierno. Asimismo, alimentaban la esperanza de un cambio: El gobernador alemán era letrado y procedía de la magistratura. Las injusticias pronto cesarán, les dijo mi madre. Además, continuó mi padre, el ejército Británico ha desembarcado en Francia, es cuestión de semanas para que retomen los aliados la ofensiva. Hitler tiene los días contados.

Mi padre sintonizó la radio para escuchar el boletín de la BBC y los adultos se aproximaron al receptor para no perderse detalle. El matrimonio Luski fue relajando su semblante según escuchaban el noticiero. Comenzaron a dudar sobre la conveniencia de huir ya mismo y se plantearon intentarlo en primavera, mientras tanto sus hijos abrían sus regalos.

Al desenvolver el mío descubrí que era el gastado tren de madera con el que tantas veces había visto jugar a los mellizos. Cuánto había ansiado tenerlo cuando me lo dejaban unos minutos para disfrutarlo y dudaba si escapar corriendo con él hasta mi casa.

Unos ruidos en la calle nos silenciaron y los mayores se pusieron en pie bruscamente. Raquel estrechó a sus hijos mientras mi madre apagaba las lámparas. Mi padre entreabrió ligeramente los pesados cortinajes. Una patrulla de achispados soldados alemanes avanzaban por la calle, el golpeteo de sus botas contrapunteaba las estrofas que entonaban alegres. Los edificios, mudos, parecían tiritar al son del villancico; tres ventanas coloreaban la estampa que comenzaban a cubrir ingrávidos copos.

Mi padre reconoció la canción y comenzó a tararearla, le acompañó cantando mi madre, me abracé a ella sonriendo pues conocía el villancico, los mellizos intentaban acompañarnos mientras sus padres sonreían tensos en silencio. Minutos después de cantar aún brillaban nuestros ojos, para los Luski fue el momento adecuado de la despedida.

Han transcurrido incontables inviernos, los recuerdos se han ido extraviando, pero nunca olvidaré aquellos interminables abrazos. Miro absorto el envejecido tren que sujeta mi nieta en su regazo. Sonrío, cierro mi diario y recojo el montón de postales que he ido recibiendo cada año, felicitándome la Navidad, desde Jerusalén.