Siete,
como las vidas que debería tener un gato, respondí. La dependienta
me entregó el ramo de rosas y agradeció la propina. Raquel le
esperaba, como cuando se prometieron en el parque hace catorce años,
en un banco de piedra del cementerio. Nervioso, indeciso por los
remordimientos, no quería hacerla esperar.
Por
el camino, corto paseo, recordé
cómo nos
conocimos,
escapando de los grises y las bolas de goma, durante una
manifestación estudiantil un 14 de abril hace ya quince años,
parecía que fue la primavera pasada. Cómo imaginar que el patriarca
del clan Heredia-Vargas, abuelo de Raquel, cuando supo que este
jovenzuelo
era el querido amigo de su nieta favorita, una de las gemelas,
pondría el grito en el cielo en cuanto el
chico se
despidió y cruzó el umbral de la puerta. ¿¡Un payo, un payo, que
baje dios y lo vea, pero que he hecho yo para merecer esto!? Gritaba
sin preocuparse por la reacción de los alarmados vecinos.
Me
detuve al pisar la gravilla y suspiré. Unas niñas jugaban y reían,
bajo la mirada de sus padres, sendero arriba entre los cipreses; a un
lado una anciana retocaba una corona de claveles tatareando una
tonada, un poco más adelante los bancos de piedra. Ahora comprendía
por qué Raquel eligió este sitio, Sofía nunca sospecharía de
encontrarme allí.
Mayor
fue la vergüenza que pasé cuando llevé a Raquel a casa para
presentarle a mis padres y hermano. Esperaba un momento cálido,
privado e íntimo y mi madre organizó todo un circo con primos,
sobrinos y tíos, cuyos nombres ni recordaba. ¿Besos y abrazos? Solo
susurros, codazos, y esa profunda incomodidad que un ominoso silencio
subrayaba al paso de Raquel. Después abrazos a una cuarta del pecho,
roces de mejilla y besos al aire. Aunque ninguno, aquella tarde, pudo
derrotar su sonrisa.
Siempre
embriagado por el éxtasis que me producía el contraste del brillo
oscuro de su piel húmeda con sabor a hierbabuena sobre mi blanco
vientre, el aroma a mirto de su cabello, sus ansiosos ojos felinos,
sus dientes descolocados invitando siempre y ese ceceo tan risueño
que disolvía arrugas en mi frente. Con ella pasaba por alto aquellos
detalles que ahora me atormentaban.
Aspiré
aliviado y esperé sentado en el banco.
—Tan
poco fue para tanto, ¿verdad? —susurró Raquel en mi nuca—. No,
no mires, disimula o me voy.
—Vale,
testaruda. ¿Sabes? Adivinaste
lo que pensaba —Cerré los ojos mientras me estremecía su
silencio—. Despreocúpate Raquel, aquí no nos encontrará nunca
Sofía.
—¿Cuánto
lleváis juntos? Diez, once años. Tenéis ya dos niños y el tercero
en camino. Mi hermana gemela… la mayor de las dos y no la conoces
aún... ¡Ay, mi rey, tan ingenuo como siempre, te comería todo!
—¿Te
gustan? —Sonreí inseguro.
—Sabes
de sobra que son mis flores favoritas. Déjalas ahí, junto a esa
lápida, para que pueda disfrutarlas luego.
—Estuve
a punto de no venir.
—Seguro
que no se lo has dicho aún.
—No
encuentro la ocasión, Raquel, no quiero que sufran… ni ella ni los
niños. Pero no puedo vivir sin ti.
—Ya
hemos hablado de esto, y habíamos llegado a un acuerdo. No...
podemos... seguir... así.
—Pero,
Raquel, tienes que comprenderme —La angustia me torturó. Risas
infantiles lejanas arañaron mis tripas. La lápida pareció
deslucirse.
—¡Anda!
mira quién viene por el sendero. Si son tus nenes.
Asustado
levanté la mirada. Mis hijos correteaban acercándose entre los
macizos de flores. Sofía, con el vientre abultado, les seguía más
atrás. No me dejes solo, Raquel, imploré mirando detrás mía, pero
ya no estaba, se había escabullido entre los panteones o los
cipreses más cercanos. Quedé embrujado como la estatua del ángel
caído.
¡Papi!,
gritaron al unísono al verme, y corrieron para abrazarse a mi cuello
con tal cariño que mi corazón parecía descascarillarse por dentro.
Los abracé como si fueran a desaparecer para siempre de un momento a
otro y la vista se me nubló ante su sombra. Qué bella estaba
embarazada.
—Sofía,
déjame que te explique.
—Por
favor, cariño,
qué tienes que explicarme.
—Tú,
tú no… cómo lo explico… hoy... camino a la oficina, me
encontraba mal...
no podía aliviar ese dolor. Pensé en pasear… llegué hasta
aquí...
Mis
hijos me miraban sin sonreír. Me faltó el aire.
—Niños,
chocolate con churros para quien recoja el racimo de flores más
bonito para papá... sin alborotar ¿vale? —Les engatusó Sofía.
Se escabulleron en busca de flores, y sin los niños claudiqué.
—Es
Raquel, aún la quiero.
—Yo
también. Cada
día que pasa
la echo de menos.
—¿¡Cómo!?
—Un presagio atenazó mi garganta.
Sofía
se sentó y agarró mis manos.
—Ya
son muchos años en los que no dejo de culparme por no haber llamado
a la policía aquella noche en la que mi padre la encerró.
—Pero...
escapó... no estaba allí. ¿Verdad?
—No,
Manuel, desapareció, nunca regresó y mi padre jamás confesó la
verdad—. Temblando me besó la mejilla —Y no es la primera vez
que tenemos esta conversación aquí.
Sofía
extendió la mano. Una pastilla brilló blanquecina.
—Llevas
tres días sin tomarla.
—No
puedo. Perderé a Raquel, otra vez —Sentí la garganta seca.
—Sólo
la recordarás… y no volveremos aquí por bastante tiempo —El
mármol veteado refulgía bajo las rosas—. Por favor. Antes de que
regresen los niños. Me pidieron en secreto, que al llegar a casa
volvamos a ver juntos el
álbum fotográfico de nuestra boda.